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domingo, 26 de diciembre de 2010

Sereno

Se quitó el sombrero que le cubría de la lluvia y atravesó la puerta. Había gente a ambos lados de bar pero no miró a nadie excepto a las mujeres de la esquina que ocupaban el sofá en el que solía sentarse siempre que iba allí.
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Decidió ir al fondo y apoyarse en la barra, pidió un café solo y se quitó la gabardina dejando a la vista el traje que usaba para las reuniones importantes como la que había tenido esa misma mañana.
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La reunión había sido bastante larga y con los clientes japoneses, que raramente hacían de las reuniones algo llevadero. Siempre ponían pegas a cualquier innovación y estaba harto de insistirles semana tras semana. Ellos verían, de todas formas la filial japonesa tenía los días contados.
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Miró al frente intentando olvidar y disfrutar de lo que quedaba de ese oscuro día de invierno. En las baldas de detrás de la barra había decenas de botellas de distintas bebidas alcoholicas. Siempre habían estado allí y sin embargo nunca se había fijado en ellas. Apartó el café y pidió un gintonic bastante fuerte. No había comido nada desde hace horas y la idea de estar bajo los efectos del alcohol antes de irse a dormir y volver a empezar un día exactamente igual al que había sido hoy le gustaba.
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Alguien se sentó a su lado y la miró de reojo. Era una mujer bellísima y muy atractiva. Pensó en las mujeres que había visto al entrar, no era ninguna de ellas puesto que las de la entrada iban claramente intentando llamar la atención y la mujer de su lado pasaría desapercibida a su lado.
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Tomó un sorvo de su bebida y se giró para verla mejor, era una mujer alta de largas piernas, cruzadas de una manera muy femenina, llevaba un vestido negro tímidamente escotado y corto por debajo, era de piel pálida y de labios carnosos, sus ojos, oscuros como la misma noche, eran enormes y sus pestañas eran largas y curvadas.
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Su cabello moreno se deslizaba por encima de sus femeninos hombros y caía por su espalda ondeando suavemente, no se le llegaba a rizar del todo pero esas ondas eran perfectas.
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Muy sexy.
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Empezó a notar como se sentía incomodo al lado de ella y le entró un sofoco que le hizo sentirse aún más incomodo, su pulso se aceleró y se le entrecortó la respiración. Intentó controlar sus reacciones pero sólo pudo acercarse el vaso a la boca y paliar su sed, aunque no la sació ya que se trataba de una sed más carnal.
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Sus labios se humedecieron y se mordió el labio inferior mientras ella tomaba la copa de vino que había pedido y se la llevaba a sus sensuales labios. El pulso aceleró aún más y volvió a beber de su vaso, esta vez un trago más largo, al mirar al interior del vaso no vió hielos flotando, la vislumbró a ella enredada entre las sábanas de su solitaria cama.
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Quiso controlar lo que le estaba sucediendo pero antes de que pudiera apoyar siquiera el vaso en la barra su cuerpo empezó a reaccionar bajo su pantalón. En un vago intento por poner su mente en blanco saco un cigarrillo de su chaqueta y empezó a buscar el esquivo mechero.
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-¿Desea fuego?- Una voz suave se dirigió a él.
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Enormemente incomodo, y no sólo por la opresión que soportaba entre las piernas, soltó el cigarrillo y lo tiró al suelo ante la incomprensiva mirada de ella. Sacó rápidamente la cartera, dejó un billete lo suficientemente grande, se levantó y se fue ante la humillación de saber que un hombre como él era tan débil frente al atractivo de esa mujer.

miércoles, 7 de abril de 2010

El árbol


Se asomó una noche más a la ventana de su cuarto y miró atentamente a través de ella. Apoyando sus manos y su cara contra el cristal deseó con todas sus fuerzas atravesarlo y salir de allí.
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Se había pasado toda la tarde mirando a los otros niños corretear, sin tener nada que hacer excepto divertirse, por la campa de al lado de la casa donde él vivía desde hace unos años.
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No se le permitía salir a jugar con los niños de su edad. Podía recordar perfectamente cómo su madre le repetía una y otra vez desde que llegaron que se habían mudado allí por el aire, suficientemente puro como para ralentizar su enfermedad. Esa cruel enfermedad que le hacía tan vulnerable que no se le permitía salir.
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Siguió mirando por la ventana abriendo cada vez más los ojos. Las vistas eran preciosas pero para él sólo existía un árbol. Un árbol frente al mar, desde el cual se podría ver toda la inmensidad del océano.
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Aquella noche la luna estaba llena e iluminaba todo el campo. Su rincón privado, aquel al que los otros niños no se acercaban a jugar, estaba más bello que nunca. Necesitaba ir allí esa noche. Sabía que aquel lugar tenía una magia hasta ahora desconocida para él.
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Despegó sus manos y su cara del frío cristal y en silencio se abrigó y salió de la casa.
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Comenzó a recorrer el campo tras atravesar el jardín de la casa, el viento soplaba fuertemente y lo zarandeaba. Enseguida empezó a notar que le faltaban las fuerzas y aminoró el paso hundiéndose en la húmeda hierba. Sentía como su enfermedad le obligaba a volver sobre sus pasos.
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Su edén estaba cada vez más cerca. El viento traía humedad del mar y empezó a notar la magia del lugar, esa que tanto ansiaba conocer.
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A los pocos pasos divisó finalmente el mar y se detuvo un instante antes de alcanzar el árbol. El mar era mucho más grande de lo que él nunca hubiera imaginado y le impuso un respeto. Podía oír las olas romper abajo contra las rocas y le pareció un sonido precioso.
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Se agarró a la corteza del árbol y su tacto aspero y desconocido le sorprendió. Le costaba respirar y sus piernas cedieron. Clavando las rodillas contra el suelo y apoyándose contra el tronco, al igual que contra la fría ventana, se dejó deslizar hacia el suelo.
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Se apoyó contra la base del árbol y mientras escuchaba al viento agitar las hojas, con una sonrisa, cerró los ojos. Estaba realmente cansado.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Cita del martes




- Depende del día la verdad. Hay días que me despierto y lo veo todo negro, no puedo más y sólo tengo ganas de quedarme en la cama hasta que vuelva a anochecer. Me siento muy vacio y con una presión en el pecho que no soy capaz de eliminar. Todas esas señoritas que me acompañan de vez en cuando son muy agradables, claro qué, darles unos billetes antes le quita un poco el encanto, ¿Comprende?


>>Desde que se fue todo está bastante vacio en el piso y bueno…, si ya sé que hace tiempo que debería haberlo superado pero no lo consigo, lo cierto es que aún me cuesta bastante pegar ojo – guardó silencio aguantándole la mirada, suspiró y continuó - ¿Sería tan amable de recetarme lo mismo que el mes pasado? La verdad es que me ayudó mucho.


- La verdad señor García yo preferiría no tener que recetarle ningún calmante más. Ya llevamos así más de un año, es normal que los calmantes que le recete el mes pasado le fueran bien, al fin y al cabo son considerablemente más fuertes que los que le había recetado hasta ahora.


La mirada del doctor era bastante tranquilizadora, le gustaba bastante ir a hablar con él, al principio sólo acudía una vez cada dos semanas. Se lo recomendó un compañero de la universidad para que superara su divorcio e iba de mala gana, sin embargo ahora acudía un par de veces a la semana. Le salía bastante caro pero era su único gasto ya que con el divorcio perdió el piso y el coche. Las señoritas de compañía antes le resultaban un gasto a tener en cuenta pero cada vez frecuentaba menos aquellos locales.


- Bueno como usted considere doctor – a pesar del tiempo que llevaba yendo a su consulta y la frecuencia con la que acudía seguía tratándole de usted para mantener distancia, opinaba firmemente que si estrechaba la relación el doctor sería menos imparcial. – Pero seguramente volveré a pedírselos.


El doctor no pudo evitar esbozar una sonrisa y colocándose bien las gafas y cruzando las piernas continuó:


- Bueno señor García… ¿Cómo se encuentra respecto al resto de la sociedad últimamente? – Se quedó mirando al doctor un poco extrañado, no era normal que se andara con rodeos en vez de preguntarle directamente “¿Sigue pensando en quemar el chalet de su exmujer con ella dentro?”


- En realidad me siento un tanto observado por mis compañeros de trabajo, se rumorea que acudo al psiquiatra con regularidad.


- ¿Y eso le incomoda? – Preguntó el doctor a la vez que, por primera vez en lo que llevaban de consulta, anotaba algo en su cuaderno de hojas amarillentas.


- ¡Claro que me incomoda! – Gritó revolviéndose en el asiento, él nunca se sentó en esa especie de sofá extraño del que ni siquiera sabía el nombre, le hacía sentir enfermo asi que prefería una silla común. - ¡Me toman por un loco!


- Sin embargo usted viene aquí porque quiere, nadie le obliga. – Respondió el doctor sin apenas inmutarse ante los bruscos movimientos de su paciente, estaba más que acostumbrado a tratar con pacientes hiperactivos como para sorprenderse con cuatro aspavientos.


- Pero ellos no lo saben, no les interesa, no entienden, sólo cuchichean…- Fue bajando el volumen a medida que hablaba y cerraba los ojos como forzando la mirada. Llegó un momento en que el doctor no le entendía y optó por cortarle.


- ¿Qué siente cuando hablan a sus espaldas? – Preguntó al sorprendido interlocutor al darse cuenta de que había sido interrumpido. Se quedó unos instantes callado intentando comprender la pregunta.


- Siento que los odio. – El doctor fue consciente de que había llegado al punto que llevaba semanas ansiando alcanzar, y no lo notó por las palabras si no por los gestos, ese dedo índice que se agitaba inquisidor a cada palabra que salía del paciente indicaba la clave del asunto.- Desearía matarlos a todos, crucificarlos me parece una buena opción pero demasiado religiosa para mi gusto, quizá meterles a todos en una hoguera y verlos prender a fuego lento como a las brujas… Atarlos a un mástil y cortarlos con una cuchilla lentamente oyéndolos gritar y dejarlos desangrar poco a poco también me gustaría. Enterrarlos vivos no sería una buena opción ya que no podría oírlos gritar ni verlos sufrir… ¡Ya lo sé doctor! Quiero ahogarlos en el agua, cogerles la cabeza con mis propias manos y así notar cómo luchan incansablemente por su vida en vano, que pataleen y me golpeen con sus manos en un ansia desesperada de salir a la superficie…


Quedó mirando al doctor en silencio, claramente aliviado por los pensamientos que había sido capaz de expresar. Esperó pacientemente a que el doctor acabara de anotar lo que considerara oportuno.


- Bien señor García, puede estar contento, hoy hemos avanzado mucho. – Le dijo mientras anotaba los últimos detalles. - Le voy a recetar los siguientes medicamentos que podrá obtener fácilmente en la farmacia y he pensado que vamos a seguir con los calmantes que considero que le conviene descansar por las noches.

Garabateó rápidamente y echó en las recetas una firma, como siempre ilegibles. Descruzó las piernas y se levantó a la vez que su paciente, se estrecharon la mano fuertemente como era costumbre y abandonó la consulta para salir a la recepción a confirmar su siguiente cita para tres días después.

jueves, 23 de julio de 2009

Supervivencia animal

Ahí estaba el pobre, tirado boca arriba moviendo una extremidad rápidamente como intentando encontrar algo a lo que aferrarse. No hacia ni medio minuto revoloteaba provocando un molesto zumbido a mí alrededor.

Tuve paciencia y esperé simplemente el momento adecuado para sorprenderlo en pleno vuelo. El pobre insecto partía con desventaja porque su naturaleza desvelaba sus intenciones. Tarde o temprano se dirigiría hacia la pantalla de ordenador, el único elemento del oscuro cuarto que emanaba algo de luz.

No pasaron ni diez segundos y ya tenía al mosquito localizado, espere a que se alejara lo suficiente de la pantalla para, de una palmada, derribarlo en pleno vuelo.

Abrí las manos lentamente, a la espera de que saliera volando, sin embargo cayó directamente sobre la mesa. Pensé que estaría muerto, sin embargo se retorcía boca arriba.

Le cogí de una pata distinta a la que estaba sacudiendo y le puse a la luz, le deposite lentamente sobre la mesa y observé.

Sólo movía una pata, asi que, en un alarde de piedad, decidí librarle de su sufrimiento y acabar con su vida. Le miré algo más de cerca y pude distinguir que tenía el cuerpo rojizo, el bichito ya había cenado y esperaba otra víctima. Acerqué mis dedos para agarrarlo y al tocarlo saltó y se retorció en el sitio moviéndose apenas medio centímetro.

En ese momento me sentí increíblemente mal por acabar sin ningún miramiento con su vida, podría haberme limitado a atraparlo y soltarlo en una ventana pero como especie dominante ejercí mi derecho a decidir quien vive y quien muere, a ser dios.

Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando volví a oír otro zumbido a mi espalda y no estaba dispuesto a pasarme la noche siendo picado por una bandada de insectos ávidos de sangre.

Miré de nuevo la mesa, decidido a acabar lo que hace un minuto había empezado y descubrí que el moribundo insecto había desaparecido.

Sólo una cosa pasó por mi cabeza: O ellos o yo.

lunes, 13 de julio de 2009

Fisura

Llegué al fondo del callejón y comprobé una vez más que nadie me seguía. Empujé la puerta, que chilló como un gato atropellado. Subí las escaleras de caracol que a cada paso sonaban como si fueran a romperse y me encontré con otra puerta, giré la manilla y entré.

Observé la habitación entrecerrando los ojos, parecía mentira que hubiese menos luz dentro de esa habitación que en el callejón, alumbrado por una solitaria y oxidada farola.

- Pensaba que no llegarías nunca – susurró una ronca voz.

- Me seguían de cerca, creo que deberíamos cambiar la situación de la guarida

Se produjo un silencio, hacía tiempo que era más que sabido que la resistencia tenía los días contados. Hará dos meses que invadieron la ciudad, la última que aún resistía al ataque enemigo. Las murallas eran sólidas y las defensas estaban muy bien organizadas pero las tropas enemigas sitiaron la ciudad y buscaron una raja en las defensas, la cual encontraron al de unos días y penetraron en la ciudad.

No hubo más opción para los supervivientes tras el ataque que organizarse en grupos pequeños y esconderse en la ciudad para sorprender a las patrullas que hacían ronda por las calles con objetivo de apresar a los pocos que resistían.

- Bueno quizá debiéramos trasladarnos, sí – rompió el silencio una sombra que cuando se acercó lo suficiente al fuego pude reconocerlo. Era el hombre con mayor rango en el refugio y por tanto el oficial al mando. - ¿Qué has averiguado?

- No he conseguido contactar con ningún otro grupo de resistencia y tampoco he localizado ninguna señal que muestre que los nuestros quisieran contactar con nosotros.

El hombre de la voz ronca se colocó junto al comandante y se miraron. El hombre de la voz ronca era un pobre anciano que les había cedido el local hace unos días para que se refugiaran él y sus hombres. Apenas sin mirarme el comandante se dirigió a mí:

- Soldado…

- Screen señor.

- Screen puede retirarse con el resto de los soldados. – Iba a salir de allí cuando continuó – No diga nada a sus compañeros, no merece la pena desmotivarles. Si le preguntan algo dígales que no somos los últimos. Y que se preparen que al rozar el amanecer nos moveremos.

Asentí y me giré. Busqué la trampilla en la oscuridad y tiré de la anilla. Descendí cautelosamente hasta donde mis compañeros. La imagen era muy extraña. Montones de barriles llenos de vino entre los que dormían tres de mis compañeros, sobre una mesa, el cuarto, malherido. Me acerque a él, que al percatarse de mi presencia intentó disimular el dolor que su pierna le proporcionaba ocultando la mueca de sufrimiento que hasta hace un instante invadía su rostro.
- Sebastian… - balbuceó casi ahogándose.

- Tranquilo Sinan – le dije aun a sabiendas de que no servia para nada. – Tengo una mala noticia amigo…

- ¿Nos trasladamos verdad?

- Sí.

- Era de esperar - Tosió y escupió algo de sangre. Me dispuse a acercarle algo para limpiarle pero me lo impidió agarrándome una mano. – Ahora no soy más que un estorbo, no podéis cargar conmigo y no podéis dejarme aquí, si me encuentran no estoy en condiciones de ocultar información si me torturan.

Eso ya lo sabía yo, ya lo sabíamos todos. Pero, ¿Qué podía hacer? No era mi elección, el comandante haría con él lo que creyese más adecuado.

Sentía cómo se me clavaban los dedos del moribundo en la mano y cómo sus vidriosos ojos empezaban a secarse, llevaba dos noches sin dormir debido a los dolores, agradecía enormemente que el comandante me hubiese ordenado ir a investigar y haber salido de ese agujero un tiempo.

- Sebastian, ¿Puedes abrazarme?

Me acerqué a él tímidamente, nunca habíamos sido grandes compañeros ni había tenido mucha confianza con él pero le abrace suavemente. Noté una rozadura a mi espalda y me llevé la mano a la funda del puñal. No me dio tiempo a reaccionar y él mismo se rajó el cuello.

La sangre me salpicó la cara y la coraza, me quedé unos segundos atónito ante el espectáculo y fue entonces cuando cogí el primer trapo que encontré y se lo puse al cuello procurando detener la hemorragia. La sangre le salía por la boca mostrándome que mis esfuerzos por salvarle la vida eran en vano, fue entonces cuando me di cuenta de que me mostraba una sonrisa tranquilizadora. Dejó de temblar y de hacer fuerza.

Dejé de apretarle en cuello y me volví, uno de mis compañeros había despertado y con una mirada me dio a entender que había sido lo mejor.

- Yo subiré a explicárselo al comandante – Me dijo, el chico era un tal Steven, no sabía nada de él ya que por ir a investigar había pasado poco tiempo en el refugio, sólo sabia que era de otro grupo de infantería y que había perdido a todos sus hombres en batalla.

Aún no había comprendido muy bien lo sucedido pero no había tiempo para perder en un día como ese, me acerque a mis compañeros para comunicarles el movimiento que iba a sucederse en unas horas. Cuando estaba ni a medio metro de ellos fui consciente de que no íbamos a durar mucho, tenían las armas junto a ellos y uno de ellos la tenia empuñada estando dormido.

Algo cayó por las escaleras haciéndome más fácil despertar a mis compañeros que instintivamente empuñaron las armas e incluso me pusieron el filo al cuello. Por suerte se dieron cuenta de quién era yo.

Se pusieron su coraza sin mediar palabra y empuñe yo también mi Mauser, busqué la poca munición que debía de quedar en el refugio pero en mi ausencia debían de haberla agotado. Era inútil llevarla así que la deje caer al suelo. Me acerqué a la escalera recuperando de camino mi puñal y pude reconocer la cabeza del pobre anciano bañada en sangre, no había tiempo para dudar, así que, junto con mis compañeros, subí las escaleras sigilosamente.

Asomé la cabeza por la trampilla despacio y cautelosamente, no quería ser el siguiente en perderla. Lo primero que pude localizar fue el resto del cadáver del anciano tirado junto al fuego y con el cuello mirando hacia la trampilla haciendo que cayera por ella un chorro continuo de sangre. Ya olía todo a batalla, era un olor que no me gustaba nada pero me ayudaba a centrarme en la idea de que hoy también podría morir y por tanto agudizaba mis sentidos al máximo.

La puerta que conducía a la escalera de caracol estaba abierta así que salí sin perder un solo momento más. Cuando estuvimos los tres en el piso les hice señal de que me cubrieran cuando saliese a la calle. En este momento y sin saber dónde estaba el comandante yo era el que estaba al mando, no era una sensación del todo agradable pero si gratificante.

Bajamos con cuidado las escaleras y tiré suavemente de la puerta que daba a la calle, salí y pegado a la pared vislumbre el callejón. No parecía haber nadie. Mis compañeros salieron de la casa y empezamos a andar hasta donde cortaba con la otra calle, mejor iluminada. Íbamos seguidos y pegados a la pared, aún no llegaba a comprender qué había sucedido ni qué había sido del comandante y de Steven.

De repente me di cuenta de que si seguía con este plan estaba poniendo sus vidas en bandeja al enemigo así que levanté la mano para que mis compañeros se detuvieran y les señalé unas cajas de madera qué había en la esquina. Subí primero y mis compañeros detrás.

- Chicos. – Les susurré – Necesito que me ayudéis a entender qué esta pasando.

- No lo sé señor pero todo indica a que nos han traicionado. – respondió Kevin, era uno de los mejores soldados que había visto en mi vida. Estaba dotado de un gran dominio de las armas blancas y de fuego y nadie con dos dedos de frente querría enfrentarse cuerpo a cuerpo con él. Además era un gran estratega. Nunca había llegado a un alto cargo en el ejército por mostrar en varias ocasiones su descontento con los superiores.

- Todo apunta a Steven – apoyó Xander, hermano de Kevin y siempre a la sombra de su hermano mayor. – Al fin y al cabo, ¿Qué sabemos de él?, nunca ha dicho gran cosa sobre él aparte de que perdió a sus hombres en batalla, y eso que llevamos tres días metidos en ese agujero.

Me quede mirándoles y asentí, todo apuntaba a la misma persona. Habría aprovechado mi incidente con Sinan en la bodega para subir a la parte de arriba y sorprender al comandante. Además, que no hubiera podido salir de la bodega en ese tiempo le provocaría cierta impaciencia al no poder informar al enemigo de nuestra posición.

Demasiados pensamientos en mi cabeza buscaban su lugar en el puzzle para visualizar algo coherente. En este momento estaba frustrado al no tener ningún plan. Poco quedaba para el amanecer y no podríamos quedarnos en el tejado para siempre. Además el tiempo corría en nuestra contra puesto que al salir el sol revelaría nuestra posición. Podríamos volver al refugio pero estaba seguro de que el enemigo ya se hacia una idea de donde encontrarnos, siempre y cuando Steven no hubiera destapado ya nuestra posición exacta.

Volví de mis pensamientos al ver a mis hombres deseosos de recibir órdenes. Les miré y decidí ser sincero con ellos, les dije que pensaba que estábamos solos en la ciudad y que nuestra derrota era inminente, que lo único por lo que podíamos luchar ahora era por salvar la vida.

Sólo obtuve por respuesta un tradicional “a la orden” que salió al unísono de ambas bocas. Yo buscaba su aprobación pero los hermanos me veían como su superior y únicamente buscaban una orden a la que obedecer. Aún así me tranquilizó pensar que de estar Kevin en desacuerdo lo hubiese mostrado abiertamente.

Desde el tejado estudiamos la ruta más conveniente hacia la muralla para una vez llegáramos allí escalarla lo más rápido posible.

Descendimos del tejado sigilosamente y de sombra en sombra y escondidos de las tropas enemigas fuimos pegados a la pared recorriendo varias casas. El sol ya empezaba a asomar indicando donde nos encontrábamos cuando oímos madera partirse. Lo más inteligente hubiera sido huir del escándalo ya que atraería a las tropas, sin embargo, podría ser que el comandante siguiera vivo y acudimos en esa dirección.

Fue entonces cuado vimos al comandante tirado en el suelo boca arriba, sobre unas cajas rotas de madera y una alfombra de frutas. Steven le apuntaba a poca distancia con su fusil. Fue entonces cuando Kevin hizo manifiesto de todo su talento y lanzó contra el traidor un hacha que se encontraba a mis pies. El arma silbó en el aire alertando al objetivo pero no le dio tiempo a reaccionar y calló al suelo con el arma clavada en la parte lateral de la cabeza.

El comandante tomó su arma del suelo y nosotros nos acercamos para aceptar órdenes. El sol ya alumbraba toda la calle y mostraba la blanca nieve manchada de rojo. Era un panorama desolador.

En unos instantes nos vimos rodeados de enemigos y formamos pegados a la pared rodeando a nuestro comandante, herido levemente. De entre la multitud de enemigos destacaba un hombre mayor y bien vestido, con una armadura muy adornada y se dirigió al comandante:

- Muy buen trabajo, enseguida serás recompensado por tu inestimable ayuda para acabar con la resistencia, sólo debemos eliminar a estas tres alimañas.

Miré a mis compañeros, tan conscientes de que la batalla había acabado ahí para todos nosotros como yo, éramos inferiores en número y el único arma de fuego que poseíamos estaba en manos del que creíamos nuestro aliado.

Se oyó un disparo tan cerca que pensé por un segundo que lo había recibido yo. Uno de los hermanos cayó al suelo. No podría decir quien fue puesto que yo tenía la mirada fija en el filo de mi puñal, ya teñido de sangre amiga y brillando como pidiendo más aun. Me deje llevar por una furia animal y empecé a cortar miembros y cabezas como si de simples verduras se trataran. Oí un grito a mi espalda y después cómo Xander cargaba el arma arrebatada y me susurraba según apoyaba su espalda a la mía para cubrírnoslas mutuamente:

- Yo ya voy a morir en paz amigo mío, mi arma esta tintada con la sangre del verdadero traidor.

Curiosamente ese fue un comentario que me tranquilizó. Grité sabiendo que iba a ser la última vez que lo iba a hacer y me abalancé sobre todos aquellos hombres. No tardé en sentir el frío acero llegar a mi pecho y atravesar mi piel y varios de mis órganos. Mi cuerpo empezó a escupir sangre, mi arma deslizo de entre mis dedos.

Me agarré el pecho procurando tapar la herida. Levanté la cabeza para mirar a mi alrededor nada más mis rodillas tocaron el suelo. Caí fuertemente sobre mi lado izquierdo y me golpeé la cabeza. Pero ya nada dolía. Empecé a verlo todo borroso y a dejar de oír quedando todo en un extraño silencio. Sabía que iba a morir, pero no importaba. Ya que por fin podría descansar.

jueves, 4 de junio de 2009

Otra más


Hacía mucho frío pero ya no importaba. El paisaje, azul y blanco, le parecía todo igual y comenzaba a desorientarse con facilidad. Apenas reconocía entre el suelo y el cielo. Daba gracias a que la gravedad le indicaba hacia donde caería de perder el equilibrio. El viento silbaba a su alrededor al paso entre las rocas que le rodeaban haciéndole creer que siempre había alguien detrás.

Arrastró la mano por la nieve buscando un saliente sólido al que sujetarse y clavó el piolet con decisión, haciendo fuerza se impulsó y finalmente llegó a una parte firme y horizontal. Se quedó tumbado boca abajo, intentando controlar su respiración, entrecortada por la falta de oxigeno y por el sobreesfuerzo.

Cada día había sido peor que el anterior, cada vez menos fuerzas, menos víveres, menos oxigeno... Había pasado los últimos días esforzándose por conseguir alcanzar la cima, se veía tan sumamente impotente al ver k sus esfuerzos, por intensos que fueran, siempre eran insuficientes, que cientos de veces revoloteaba en su cabeza la idea de volver sobre sus pasos y abandonar. Pero algo le hacía continuar, un paso más y cada vez con menos esperzanza, su autoestima había quedado mucho más abajo que la falda de esa enorme montaña.

Levantó la cara apartándola de la fría nieve y con una sonrisa abrió los ojos suavemente. En ese momento el tiempo se detuvo, no estaba en la cima, aún quedaba un buen tramo hasta allí. Cerró los ojos y de nuevo undió la cara en la nieve, su cabeza volvió a inundarse, ¿Debería volver sobre sus pasos?

jueves, 28 de mayo de 2009

4 paredes


Ando rápido haciendo sonar mis pasos, como si tuviera prisa por llegar, como si algo diferente me deparara hoy entre esas cuatro paredes a las que ansioso acudo día tras día. Encajonados billones de nosotros en este pequeño mundo que cada vez nos deja menos espacio para cada uno y nos obsesionamos con encerrarnos en cuartos mucho más pequeños.

Sin embargo hoy no. Voy a controlar unos instantes el mono de seguir una rutina, voy a regalarme algo de mi tiempo para mi.

Un banco libre, es más, aparentemente libre, sin paredes que lo encierren pero aún así encajonado entre altos edificios. Es igual, no voy a encontrar nada mejor.

Me descuelgo la mochila, la dejo caer al suelo cuando esta a apenas un palmo de él y me siento. Me estiro y cruzo las piernas, parpadeo y tras un bostezo me ajusto las gafas. Una suave brisa me despeina a la vez que mece las hojas de los árboles como pretendiendo dormirlas como a un bebé, esa sensación despierta mis sentidos.

Huele a rocío, a lluvia de la noche anterior, a hierba recién cortada. Mis oídos captan el piar de los pájaros cercanos y las alegres voces de unas crías de camino al colegio.

Quizá nunca me habría fijado en ellas de no haberme parado, ni en esa señora que a duras penas carga con las bolsas de la compra, ni en el frutero que carga la fruta desde el furgón hasta la tienda, ni en el pelo de aquella chica ondeando al viento. No me habría fijado en ellos porque me son totalmente ajenos.

Ellos, encajonados en su rutina, no habrán deparado en mi presencia ni en ninguna de las cosas de las que, por unos instantes, he sido consciente de que estaban ahí.

No recordaré ni los olores, ni los sonidos ni a ninguna de esas personas. Me levanto y cojo mi mochila, la monotonía me reclama, esas cuatro paredes piden cercarme de nuevo.

jueves, 14 de mayo de 2009

Oscuridad

De nuevo se apagó la luz de fuera y la rendija que emanaba esos pocos rayos de luz se secó. Sus ojos no tardaron en acostumbrarse de nuevo a la oscuridad. Apoyó la huesuda espalda en la fría e incómoda pared de roca y palpó cautelosamente el húmedo suelo con las llemas de los dedos buscando algún resto de los huesos de pollo que le habían dejado. Los peores eran para él, pocas cosas sabía sobre los que le tenían ahí abajo pero una de ellas era que los mejores huesos se los echaban a los perros. Arañó el hueso en busca del mínimo ápice de carne. No hubo suerte. No recordaba cuando era la última vez que le habían dado de comer, las horas pasaban lentas en la oscuridad y no tenía ninguna consciencia del tiempo que llevaría ahí. Podrían ser semanas e incluso meses pero no lo sabía con certeza. Intentó incorporarse en vano ya que la cámara era lo suficientemente pequeña como para no poder levantarse y lo suficientemente estrecha como para que no se pudiera tumbar. Se acarició la pierna, desnuda desde el primer día, al igual que el resto de su cuerpo, cuando le despojaron de su ropa y del resto de sus cosas, con su huesuda mano, daba gracias a no tener un espejo, no le gustaría verse así. Desnutrido y moribundo, con cada vez menos esperanza de seguir vivo mucho tiempo y con menos aún de que en algún momento alguien optara por rescatarle. Dudaba de que alguien siguiera buscándole. A estas alturas todo el mundo le daría por muerto y, en cierto sentido, le gustaría que así fuera.

lunes, 4 de mayo de 2009

Bajo el sol

Allí estaba. Tumbada al sol sobre la amarillenta hierba como solía hacer todos los días cuando el astro estaba en lo más alto. Como de costumbre él se limitaba a observarla desde el mismo rincón de siempre.

Esas caderas voluminosas y esos estilizados muslos le hacían perder la cabeza. Su pelo, castaño oscuro aunque con algunas zonas más claras, ondeando al viento no le dejaban centrarse en su objetivo. Ese cuello tan largo le hacía la boca agua y deseaba constantemente tomarla.

El viento cambió de repente y los matorrales tras los que estaba le golpearon la cara arañándosela. Contrajo los músculos y se quedó en tensión. Se agachó ocultándose completamente y procurando camuflase entre la maleza. Afinó el oído a la espera de escuchar algún movimiento por parte de ella.

Pasó unos segundos en silencio y completamente quieto. No oyó nada y decidió relajarse y buscar un hueco entre las ramas del matorral para ver la situación. Entreabrió sus rasgados y enormes ojos y observó atentamente. Seguía exactamente en la misma posición. Respiró hondo ese aire tan caliente y agobiante. Todo estaba a su favor. Ese era el momento de actuar.

Entonces ella se levantó rápidamente e impulsándose en sus patas traseras y de un brinco recorrió el páramo para ocultarse entre la maleza que protegía a los débiles herbívoros. Las hienas le habían espantado. Se miró las garras y escarbó en el suelo. Se relamió.

Tendría que volver a conformarse con una liebre despistada o un mono jugando inconscientemente en ramas suficientemente bajas. No era comida digna de un felino de su tamaño pero ya sorprendería a aquel apetitoso corzo en otra ocasión.

sábado, 25 de abril de 2009

Prisiones invisibles

Fue entonces cuando le vió. Ahí estaba ella, bailando y con melena castaña clara ligeramente ondulada ondeando cada vez que movía la cabeza. Moviendo esas caderas de un lado a otro hipnotizándole como sólo las de ella podían.

Ya sabía que iría a esa recóndita discoteca aquella noche, era incapaz de perderla de vista. La seguía con la mirada ahí adonde iba a pesar de toda esa gente k los separaba. Dudó durante toda la noche de qué haría cuando la viera.

No estaba seguro de si le había visto pero sus dudas se disiparon cuando ella paró de bailar de repente y se dirigió hacia él.

- Hola nene - saludó con su sensual voz.

- Hola.

- ¿Qué haces tu por aquí? Hacía mucho que no venias, ¿no?

- Pues nada, de fiesta, ya ves - respondió intentando evadir la conversación.

- No seas arisco conmigo - le reprochó ofendida - ¿Aun me guardas rencor?

- Bueno no me faltan razones, ¿no crees?

- Venga no seas así - Le susurro al oído, se retiró y le miró con esos enormes ojos marrones de niña buena a los que no se les podía llevar la contraria.

Se quedaron mirando en silencio y ella se le acercó aun más. De repente se dió cuenta de que llevaba un rato sin escuchar la altísima música y de que en algún momento había dejado el cubata en la barra para agarrarla a ella. Sus labios ya no necesitaban del alcohol, sólo le necesitaban a ella.

La agarró de la parte inferior de la cadera y ella se apoyó en él. Inclinó su cabeza hacia la de ella. Sabía que el placer que iba a experimentar a la larga sólo le perjudicaría como había hecho hasta ahora. Estaba a punto de caer de nuevo en sus redes.

No podía detener ese impulso de poseerla, aunque sabía que sería por un rato y luego le despacharía como hacía siempre. Su cabeza le decía que la soltara pero esas curvas que tanto ansiaba recorrer con las llemas de sus dedos hablaban otro idioma, y en este momento era a su cabeza a quien no conseguía entender.

- Odio tu juego - le dijo cuando apenas estaba a unos milímetros de sus carnosos labios y la derrota era tan inminente como evidente. Ella esbozó una sonrisa y abrió ligeramente los boca enseñando un ápice de sus blanquísimos dientes envidiados incluso por los dentistas.

Sus labios se fusionaron con los de ella sólo un segundo antes de notara como la lengua de ella abrazaba pasionalmente la de él. La mezcla de sensaciones que le probocó le hizo perder el control de todo. Sintió como se le aceleraba el pulso y se quedaba sin aire, como sus manos recorrían su espalda deslizándose hacia abajo inconscientemente.

Entonces ella se retiró dándole un latigazo a todas esas sensaciones y partiéndolas en cientos de trocitos. Se quedó sin habla mirándola.

- Gracias, sólo quería comprobar hasta qué punto tengo control sobre ti. - Le apartó y volvió donde la había visto por primera vez aquella noche.

sábado, 18 de abril de 2009

Una de tantas


Miró de nuevo el reloj. Ya llevaba casi media hora esperándole. Pensó en llamarle pero sus brazos no obedecieron y siguió en la misma posición. Se quedó mirando los adoquines del suelo y pronto se desenfocó todo. Parpadeó y impulsándose haciendo fuerza sobre la fría pared en la que estaba apoyada se dirigió hacia un banco al que llevaba mirando un buen rato.

Antes solían salir muchos en la cuadrilla pero se fueron distanciando al ir emparejándose. A veces, los sábados, se reunían algunos pero nunca llegaban a la mitad de los que se suponía eran en total. Siempre tenían algún compromiso.

Ninguno de ellos llegaba a los 22 y más de uno llevaba hasta 5 años con la novia. Y sabía que no era cosa de solo su cuadrilla, siempre que se atrevía a ir a ligar con alguien había alguien que tenía pareja. Era algo que no era capaz de comprender, esa necesidad de estar comprometido con alguien a esta edad, le parecía ridículo y desde luego nada oportunista.

A ella le gustaba estar soltera, sin tener que dar explicaciones a nadie, únicamente tenía que responder ante si misma. Sin embargo, a veces si echaba en falta ese cariño que dicen que sólo tu pareja puede darte. A pesar de ello su libertad estaba por encima.

Era consciente de que no tenía ningún problema para echarse novio, siempre se lo decían sus emparejados amigos. Pero tenía demasiado miedo a comprometerse ya que ya le habían roto el corazón.

Ella también había hecho daño a algunas personas y ahora sabía lo que dolía. Por eso cada vez que le gustaba alguien que realmente le importaba nunca le decía nada, no quería arriesgarse a hacerle daño en un futuro.

A veces miraba al futuro y se veía sola, todo el mundo tenía ya a alguien y ella lo único que tenía eran rollos de una noche que no la inspiraban nada, no significaban nada, era simplemente por pasar el rato. Y un chico con el que solo compartía su morbosa afición de hacerlo en los baños de la universidad.

Sus amigos, su ambiente, la sociedad le imponían encontrar a alguien y casarse y comer perdices. Lo veía como algo inevitable, por eso estaba esperando impacientemente a ese chico con el que compartía tantas cosas.

Se levantó y abandonó el banco bañado por los tímidos rayos de sol de primavera. Llenó sus pulmones todo lo que pudo y lo soltó suavemente, un día más sin tener que dar explicaciones a nadie.

sábado, 11 de abril de 2009

Criatura del sistema

Los libros desperdigados por el suelo, un montón de folios rellenos de cuentas ininteligibles para casi todo el mundo sobre la mesa y la papelera rebosante de bolas de papel. Estaba todo exactamente igual a como lo dejó la noche anterior justo al echarse a dormir ya con los sentidos extenuados a pesar de la gran cantidad de cafeína que recorría sus venas. Había pasado toda la noche estudiando. Miró el reloj. Era pasado ya el mediodía y el sol estaría en lo mas alto aunque la persiana le impedía entrar en ese oscuro cuarto.

Se levantó y se dirigió hacia la mesa, se sentó en la silla que tras tantas horas sentado en ella ya sentía como parte de si mismo y buscó el móvil. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz de la pantalla de este consiguió reconocer un sms de uno de esos a los que llamaba amigos. Él sabía fielmente que ese tipo no era su amigo, solamente era uno de esos con los que quedaba para tomar todo tipo de drogas hasta no reconocer nada de lo que le rodeaba. En muchas ocasiones al día siguiente no era capaz de recordar nada de lo que le había pasado pero eso le evitaba tener cargo de conciencia, si es que podía tener algo de eso.

Notó como su estomago le reprochaba que llevaba más de doce horas sólo a base de café y dejó el sms sin leer. Se dirigió decisivo y ágil hacia la cocina a la vez que pasaba por encima de la ropa que llevaba varios días en el suelo. Al esquivar una lata de cerveza aun con algo menos de la mitad recordaba como su padre le pidió al marchar unos días antes que mostrara algo de madurez en su ausencia. Se había estado preguntando durante estos días qué entendería su padre por madurez.

Hacía ya tres meses que su madre les dejó sin dar explicación ninguna aparte de que estaba cansada de los dos. Él nunca se lo reprochó, al fin y al cabo vivir con él y con su padre tenia que ser un autentico infierno, y después de más de veinte años había mostrado algo más que paciencia.

Abrió la nevera como hacía automáticamente cada vez que se levantaba y un día más la descubrió vacía, colonizada por un yogurt caducado, un par de tomates y unas pocas botellas de cerveza que, a decir verdad, era lo único que había salido a buscar a la calle desde que su padre marchó.

Miró la encimera y al seguir ahí el bote con el café decidió hacerse otro en contra de los consejos de el mártir que tenia por estomago. Estaba echándole el azúcar cuando sonó el teléfono. Lo dejó sonar durante algo más de un minuto durante el cual no movió ni un músculo. Recién cesó ese horrible sonido volvieron a llamar. Con un suspiro por el sobreesfuerzo se dirigió al salón y lo cogió.

Era la chica con la que estuvo hasta hace unos días. Nunca sintió gran cosa por ella, de hecho apenas la soportaba. No llegó a entender nunca porqué estuvo con ella y dudaba realmente que alguna vez llegara a entenderlo. Tras una absurda conversación llena de reproches colgó preguntándose si el sexo con ella era suficientemente bueno como para soportar ahora esto.

Volvió por su café que tras probarlo y notar como lo frío que estaba le provocaba unas arcadas lo dejó en la fregadera y encogiéndose de hombros mirando a la pared como hubiese hecho en presencia de su madre fue en busca del móvil para leer el mensaje.

“eh tío sals oy d fiest? Bnga dat 1 rspiro kpuyo. Yamam cn lo q sea!” Se quedó mirándolo y lo releyó un par de veces más hasta comprender lo que quería decir.

Tiró el móvil sobre la cama, se desnudo haciendo el montón de ropa aun mayor y se metió en la ducha. El agua caliente acariciaba su piel y relajaba sus músculos. Cerró sus ojos, “¿y esta es la generación que va a arreglar el mundo?” pensó.